Madrugamos mucho para coger el único local bus que sale hacia Pai, que de local tiene más bien poco ya que va cargado de mochileros. Tras cuatro horas de camino; en las que había momentos que parecía que íbamos a tener que empujar al autobús cuesta arriba; llegamos a este pequeño pueblo que se ha hecho famoso por su ambiente hippie y desenfadado, la facilidad de conocer gente de otros lugares, y por el encanto de su entorno montañoso, que nos hizo recordar los días pasados en Vang Vieng (aquí también se puede hacer tubbing).
Tras una larga caminata para encontrar la guest house, dado que el puente de bambú había sido derribado por el monzón (ese que nos ha estado evitando durante casi todo el viaje), nos fuimos a comer un delicioso Pad Thai a un restaurante muy hippie. Después de reponer fuerzas, la scout decidió irse al Memorial Bridge caminando, mientras que los locos de la moto prefirieron alquilar una e irse a visitar los alrededores: las cascadas de Mo Paeng, el pueblo chino (creación exclusiva para los turistas, pero que en lo alto guarda unas vistas preciosas de la región), el Pai Canyon (con mucho encanto, pero se vienen arriba al compararlo con el de Colorado), y por último el Memorial Bridge, donde nos reencontramos con Elvira.
Tras ver el atardecer (o lo que las nubes dejaron ver de él), decidimos hacer dos viajes en moto para volver. Nada más arrancar, toca parar para ponerse el chubasquero, y joder la que cayó. Esta vez sí, la lluvia monzónica impedía mantener los dos ojos abiertos; menos mal que Nacho (que hacía las veces de mototaxista) lleva gafas, y paraba algunas gotas; pero no le hubieran venido mal unos limpiaparabrisas. Tras dejar a Elvira, y mientras volvía a por Sergio, Nacho oyó un grito en mitad de la carretera, y paró. Se trataba de Sergio, a quien una tierna tailandesa se había ofrecido a llevar, viendo la que caía. Así que se cambia de moto, y vuelven los dos al hostal.
Allí nos dimos una buena ducha (de las pocas calientes de todo el viaje) ¡y qué bien nos sentó! Después salimos a dar una vuelta por el Night Market, donde todos los hippies aprovechan para vender sus creaciones. Disfrutamos un poco del ambiente, y nos volvemos a descansar.
Al siguiente día, tras coger fuerzas con un desayuno en la guest house, nos ponemos las botas y salimos a realizar uno de los trekkings más auténticos de este viaje: las Mae Yen Waterfalls. Un recorrido de 7 km ida y 7 vuelta a través de la jungla, pobremente señalizado (lo cual lo hace más auténtico) y en durante el cual hay que cruzar el río nada más y nada menos que ¡38 veces! El caso es que tres horas después de empezar, y tras disfrutar del paisaje y el camino entre árboles, estábamos ante las Mae Yen, una cascada en dos niveles que termina en una pequeña charca en la que te puedes dar un chapuzón (que apetece bastante después de la paliza). Después de tomar las provisiones 7-eleven style, comenzamos el camino de vuelta a Pai, el cual se hace más llevadero. Una excursión que merece mucho la pena, y que es curioso ver lo poco transitada que está en relación con la cantidad de turistas que recibe Pai. Nosotros pudimos hacer todo el camino de ida y disfrutar del baño en solitario, y sólo nos cruzamos con tres o cuatro parejas en el camino de vuelta.
Ya en Pai reponemos fuerzas con unos refrescantes fruitshakes, y por la noche volvemos a disfrutar del ambiente del Night Market, donde nos tomamos unas deliciosas crepes de plátano y chocolate, hechas con mucho amor y delicadeza por una adorable pareja, que monta el puesto cada noche.
Tras esto nos recogemos para al día siguiente hacer uno de esos días de viaje 24 horas, con un bus a chiang Mai y de ahí otro a Sukhothai. Pai, a pesar de lo turístico que es, nos ha gustado y le hemos encontrado mucho encanto, y creemos que tiene muchas cosas que descubrir y explorar en sus alrededores narurales, más allá de la fama hippie y de fiesta que le precede.
72 días, 4 países, 4 pasos fronterizos, incontables kilómetros e inabarcables aventuras.
lunes, 31 de agosto de 2015
Al rico Pad Thai
La primera tarde en Chang Mai nos la tomamos con calma. El autostop, a pesar de ser fácil, llevó sus 5 horas y el sol y el calor nos habían aplatanado bastante; asímismo necesitábamos reorganizar un poco el planning y decidir qué hacer por Chiang Mai.
Así, al día siguiente cogimos unas motos y nos subimos el monte Doi Suthep, a unos 14 km del centro, para ver el templo más sagrado de la ciudad: el Wat Phra That Doi Suthep. Una vez dentro, rodeamos tres veces la stupa dorada mientras recitábamos una oración budista; vimos la estatua del elefante blanco y el durian sagrado; y disfrutamos de las vistas de la ciudad desde lo alto.
Después del templo continuamos hasta el Winter Palace, una residencia de la realeza en la que se pueden visitar los jardines, rosaledas y el estanque, ya que todos los edificios están cerrados al público (¡menudo timo!). Y tras esto, bajadita con el motor apagado (que no está el bolsillo como para derrochar gasolina).
Por la tarde recorrimos los templos más importantes de los más de 300 que hay en Chiang Mai. Lo cierto es que son muy bonitos, y cada uno tiene su historia y sus peculiaridades; pero llega un momento en que cuesta diferenciarlos.
Ya por la noche, después de cenar, salimos a recorrer las calles y dimos con un pequeño mercado nocturno. Sospechamos que estaba bastante vacío debido a que no era fin de semana. Paseamos también en torno a las murallas y antigua puerta de la ciudad, las cuales también nos pareció que estaban bastante escasas de vida nocturna.
A la mañana siguiente madrugamos para ir a la estación de autobuses (algo alejada del centro) para irnos un poco más al norte, hasta Pai.
Así, al día siguiente cogimos unas motos y nos subimos el monte Doi Suthep, a unos 14 km del centro, para ver el templo más sagrado de la ciudad: el Wat Phra That Doi Suthep. Una vez dentro, rodeamos tres veces la stupa dorada mientras recitábamos una oración budista; vimos la estatua del elefante blanco y el durian sagrado; y disfrutamos de las vistas de la ciudad desde lo alto.
Después del templo continuamos hasta el Winter Palace, una residencia de la realeza en la que se pueden visitar los jardines, rosaledas y el estanque, ya que todos los edificios están cerrados al público (¡menudo timo!). Y tras esto, bajadita con el motor apagado (que no está el bolsillo como para derrochar gasolina).
Por la tarde recorrimos los templos más importantes de los más de 300 que hay en Chiang Mai. Lo cierto es que son muy bonitos, y cada uno tiene su historia y sus peculiaridades; pero llega un momento en que cuesta diferenciarlos.
Ya por la noche, después de cenar, salimos a recorrer las calles y dimos con un pequeño mercado nocturno. Sospechamos que estaba bastante vacío debido a que no era fin de semana. Paseamos también en torno a las murallas y antigua puerta de la ciudad, las cuales también nos pareció que estaban bastante escasas de vida nocturna.
A la mañana siguiente madrugamos para ir a la estación de autobuses (algo alejada del centro) para irnos un poco más al norte, hasta Pai.
sábado, 29 de agosto de 2015
¡A caminar y a hacer dedo se ha dicho!
Nos despedimos de nuestra casera de Chiang Rai, alias "la Hierbas", entre risas (como no), y cogemos un autobús a Mae Chan. Allí hacemos trasbordo a un tuk-tuk que nos lleva a través de las montañas hasta que llegamos a Mae Salong.
Allí encontramos el alojamiento más barato de todo el viaje (¡sólo 50 baths, con lavandería gratis!), y después de comer, nos ponemos a caminar. La ruta nos llevó por un camino asfaltado, que atraviesa varias aldeas de diferentes etnias de la región. De camino a una de estas aldeas, un coche nos paró y nos ofreció llevarnos camino abajo hasta ella; pero la subida nos la comimos con patatas. Tras cuatro horas de abruptas subidas y bajadas, completamos nuestra ruta. Ya en el hostal aprovechamos la free laundry, y nos vamos a dormir pronto ya que mañana nos esperan 240 km de ¡autostop!
A la mañana siguiente desayunamos en el 7-eleven, ¡y a parar coches! La primera pickup nos baja la colina hasta la estación de tuk-tuks, a pesar de que él paraba antes. Y allí mismo, delante de un control de policía, nos lanzamos sobre otra pickup que nos lleva, a gran velocidad, hasta Tha Ton. Al poco rato, paramos una vieja y oxidada pickup, que conducían una pareja de ancianos adorables, que nos lleva hasta la entrada de Mae Ai. Aquí, nos para otra pickup, que nos deja sentarnos en el interior con él. El conductor, de nombre Moses, era un pastor protestante, que se encargaba de llevar nada más y nada menos que seis orfanatos, con perspectivas a abrir más en Myanmar y Laos. Con él pasamos un agradable rato hasta llegar a Fang, donde nos deja en la estación de autobuses y nos despedimos de él.
Caminamos un rato, hasta parar una nueva pickup que conducía una simpática tailandesa, que nos recorrió unos pocos kilómetros, con parada para que ella hiciera sus compras incluida. Nos deja en mitad de la carretera, donde nos recogen un padre y un hijo en su pickup, que nos llevan bastantes kilómetros al sur, por carreteras secundarias (con vistas espectaculares) en las que habría sido difícil parar algún coche. Durante este trayecto, el coche que iba detrás saca la cámara para grabarnos y hacernos fotos, lo cual nos divirtió bastante. Nos dejan en la desviación a Chiang Dao, donde paramos otra pickup en la que iba una familia, y una mujer mayor nos dice que nos lleva hasta Chaing Dao, así que allá que nos subimos.
Una vez en Chiang Dao, nos cuesta más hacer autostop, y nos vamos alejando del centro de la ciudad hasta que nos para una joven, que no habla casi inglés, con un toyota blanco. Le decimos que vamos a Chiang Mai, y no duda en sonreirnos y decirnos que vale, así que subimos al coche, macutos incluidos. Los 84 km que nos separaban de la ciudad, no los recordamos muy nítidamente, ya que los tres caímos rendidos nada más subirnos al coche (¡menudo morro tenemos!). Cuando nos despertamos la chica sonríe y, dado que era difícil comunicarse con ella, nos deja en Chaing Mai, pero lejos del centro de la ciudad. Desde allí ya había tuk-tuks al centro, pero queríamos completar nuestra etapa a dedo, así que paramos una última pickup que nos acerca hasta la entrada del casco antiguo.
Así completamos nuestro día de viaje, tardando incluso menos que si hubiéramos ido en transporte público. Dado que las carreteras son mejores y hay más coches que en Laos (y el 80% son pickups), el trayecto fue mucho más cómodo que en nuestra anterior experiencia, y no estuvimos en ningún momento más de quince minutos esperando.
Allí encontramos el alojamiento más barato de todo el viaje (¡sólo 50 baths, con lavandería gratis!), y después de comer, nos ponemos a caminar. La ruta nos llevó por un camino asfaltado, que atraviesa varias aldeas de diferentes etnias de la región. De camino a una de estas aldeas, un coche nos paró y nos ofreció llevarnos camino abajo hasta ella; pero la subida nos la comimos con patatas. Tras cuatro horas de abruptas subidas y bajadas, completamos nuestra ruta. Ya en el hostal aprovechamos la free laundry, y nos vamos a dormir pronto ya que mañana nos esperan 240 km de ¡autostop!
A la mañana siguiente desayunamos en el 7-eleven, ¡y a parar coches! La primera pickup nos baja la colina hasta la estación de tuk-tuks, a pesar de que él paraba antes. Y allí mismo, delante de un control de policía, nos lanzamos sobre otra pickup que nos lleva, a gran velocidad, hasta Tha Ton. Al poco rato, paramos una vieja y oxidada pickup, que conducían una pareja de ancianos adorables, que nos lleva hasta la entrada de Mae Ai. Aquí, nos para otra pickup, que nos deja sentarnos en el interior con él. El conductor, de nombre Moses, era un pastor protestante, que se encargaba de llevar nada más y nada menos que seis orfanatos, con perspectivas a abrir más en Myanmar y Laos. Con él pasamos un agradable rato hasta llegar a Fang, donde nos deja en la estación de autobuses y nos despedimos de él.
Caminamos un rato, hasta parar una nueva pickup que conducía una simpática tailandesa, que nos recorrió unos pocos kilómetros, con parada para que ella hiciera sus compras incluida. Nos deja en mitad de la carretera, donde nos recogen un padre y un hijo en su pickup, que nos llevan bastantes kilómetros al sur, por carreteras secundarias (con vistas espectaculares) en las que habría sido difícil parar algún coche. Durante este trayecto, el coche que iba detrás saca la cámara para grabarnos y hacernos fotos, lo cual nos divirtió bastante. Nos dejan en la desviación a Chiang Dao, donde paramos otra pickup en la que iba una familia, y una mujer mayor nos dice que nos lleva hasta Chaing Dao, así que allá que nos subimos.
Una vez en Chiang Dao, nos cuesta más hacer autostop, y nos vamos alejando del centro de la ciudad hasta que nos para una joven, que no habla casi inglés, con un toyota blanco. Le decimos que vamos a Chiang Mai, y no duda en sonreirnos y decirnos que vale, así que subimos al coche, macutos incluidos. Los 84 km que nos separaban de la ciudad, no los recordamos muy nítidamente, ya que los tres caímos rendidos nada más subirnos al coche (¡menudo morro tenemos!). Cuando nos despertamos la chica sonríe y, dado que era difícil comunicarse con ella, nos deja en Chaing Mai, pero lejos del centro de la ciudad. Desde allí ya había tuk-tuks al centro, pero queríamos completar nuestra etapa a dedo, así que paramos una última pickup que nos acerca hasta la entrada del casco antiguo.
Así completamos nuestro día de viaje, tardando incluso menos que si hubiéramos ido en transporte público. Dado que las carreteras son mejores y hay más coches que en Laos (y el 80% son pickups), el trayecto fue mucho más cómodo que en nuestra anterior experiencia, y no estuvimos en ningún momento más de quince minutos esperando.
Vuelven las sonrisas
Tras cruzar nuestra última frontera, y 24 horas de viaje (con parada de 4 horas en Bangkok para hacernos con unos cuantos baths y redescubrir los 7-eleven), llegamos a Chiang Rai en un sleeper bus, con regalo de desayuno y botellita de agua. Al llegar buscamos guest house, y damos con una albergue regentado por una muy, muy sonriente y divertida mujer; que ofrecía (a muy buen precio) habitación privada y, a todas horas, café, té, fruta y pastas.
Tras desayunar, cogemos un bus local que nos lleva al Wat Rong Khun o Templo Blanco. Este templo, a pesar de su corta vida, a conseguido ser símbolo de Chiang Rai debido a la singularidad de su arquitectura, esculturas y pinturas de las paredes. Vamos, que viene siendo una frikada que mezcla imágenes budistas con personajes de ciencia ficción, Elvis Presley, Jack Sparrow, las Torres Gemelas en el 11-S... y demás referencias al mundo actual que el artista va añadiendo cada cierto tiempo. La vista exterior, inmaculadamente blanca, se completa con variopintas estatuas, también mezcla de budismo y acrualidad. Además, al lado del templo, hay un museo dedicado a la vida y obra del famoso artista tailandés.
De vuelta a Chiang Rai visitamos la ciudad, sus templos más importantes como el Wat Phra Kaew, un museo budista, como no el mercado, donde nos compramos unos ricos bollos rellenos, y demás vistas de la ciudad. Por la noche paseamos por el night market (la estación de aurobises, que se transforma por la noche) y cenamos en mitad de la plaza, mientras bailaban danzas tradicionales en el escenario, o cantaban los Andy y Lucas tailandeses.
Al día siguiente nuestra chica decide tomarse el día libre por la ciudad, y nosotros cogemos una moto para hacer un loop que nos llevaría todo el día. Nuestra primera parada es el Baandam museum (o Casa Negra, en contraposición al templo). No sabemos qué tendría en mente el autor. Dicen que es una reflexión sobre la historia de su país, pero nosotros no vimos más allá que unas cuantas casas de madera llenas de aninales muertos (huesos, pieles, cuernos...). Siniestro como poco.
Después seguimos por la carretera dirección Mae Sae y nos desviamos a ver una plantación de té que vemos indicada. Al llegar nos colamos en una recepción de turistas japoneses, nos dan a degustar distintos tés, y disfrutamos de las vistas de las terrazas de la plantación.
Continuamos nuestra ruta hasta Mae Sae, ciudad fronteriza con Myanmar, en la que visitamos un templo en lo alto de una colina, que permite divisar perfectamente la frontera. Desde ahí continuamos, por una carretera secundaria, solitaria y con más encanto, hasta el Triángulo de Oro. Aquí el Ruak se une al Mekong, haciendo de frontera natural entre Tailandia, Myanmar y Laos. Pese a ser turístico, es un punto muy conocido por los mochileros. Allí además tomamos un plato, especialidad de la casa, que estaba para chuparse los dedos.
Desde aquí seguimos nuestro camino hasta Chiang Saen, donde paseamos entre sus ruinas camufladas con los edificios y templos actuales. Nos tomamos un frappé para celebrar nuestros 60 días de viaje, y ponemos rumbo a Chiang Rai. Por el camino paramos en un view point, en la que se podían contemplar las ciudades de Mae Chan y Chaing Rai entre las montañas del norte, y ya sí que sí, vamos a reencontrarnos con Elvira.
Ya por la noche fuimos al Walking Market, típico de los sábados por la tarde, y que se llena de locales. En una de las plazas montan una verbena, en laque todo el mundo baila en corro, de forma animada y, para nosotros, muy graciosa. Allí cenamos y nos echamos unos cuantos bailoteos entre los locales, que nos iban enseñando pasos. Nos lo pasamos muy bien.
Tras desayunar, cogemos un bus local que nos lleva al Wat Rong Khun o Templo Blanco. Este templo, a pesar de su corta vida, a conseguido ser símbolo de Chiang Rai debido a la singularidad de su arquitectura, esculturas y pinturas de las paredes. Vamos, que viene siendo una frikada que mezcla imágenes budistas con personajes de ciencia ficción, Elvis Presley, Jack Sparrow, las Torres Gemelas en el 11-S... y demás referencias al mundo actual que el artista va añadiendo cada cierto tiempo. La vista exterior, inmaculadamente blanca, se completa con variopintas estatuas, también mezcla de budismo y acrualidad. Además, al lado del templo, hay un museo dedicado a la vida y obra del famoso artista tailandés.
De vuelta a Chiang Rai visitamos la ciudad, sus templos más importantes como el Wat Phra Kaew, un museo budista, como no el mercado, donde nos compramos unos ricos bollos rellenos, y demás vistas de la ciudad. Por la noche paseamos por el night market (la estación de aurobises, que se transforma por la noche) y cenamos en mitad de la plaza, mientras bailaban danzas tradicionales en el escenario, o cantaban los Andy y Lucas tailandeses.
Al día siguiente nuestra chica decide tomarse el día libre por la ciudad, y nosotros cogemos una moto para hacer un loop que nos llevaría todo el día. Nuestra primera parada es el Baandam museum (o Casa Negra, en contraposición al templo). No sabemos qué tendría en mente el autor. Dicen que es una reflexión sobre la historia de su país, pero nosotros no vimos más allá que unas cuantas casas de madera llenas de aninales muertos (huesos, pieles, cuernos...). Siniestro como poco.
Después seguimos por la carretera dirección Mae Sae y nos desviamos a ver una plantación de té que vemos indicada. Al llegar nos colamos en una recepción de turistas japoneses, nos dan a degustar distintos tés, y disfrutamos de las vistas de las terrazas de la plantación.
Continuamos nuestra ruta hasta Mae Sae, ciudad fronteriza con Myanmar, en la que visitamos un templo en lo alto de una colina, que permite divisar perfectamente la frontera. Desde ahí continuamos, por una carretera secundaria, solitaria y con más encanto, hasta el Triángulo de Oro. Aquí el Ruak se une al Mekong, haciendo de frontera natural entre Tailandia, Myanmar y Laos. Pese a ser turístico, es un punto muy conocido por los mochileros. Allí además tomamos un plato, especialidad de la casa, que estaba para chuparse los dedos.
Desde aquí seguimos nuestro camino hasta Chiang Saen, donde paseamos entre sus ruinas camufladas con los edificios y templos actuales. Nos tomamos un frappé para celebrar nuestros 60 días de viaje, y ponemos rumbo a Chiang Rai. Por el camino paramos en un view point, en la que se podían contemplar las ciudades de Mae Chan y Chaing Rai entre las montañas del norte, y ya sí que sí, vamos a reencontrarnos con Elvira.
Ya por la noche fuimos al Walking Market, típico de los sábados por la tarde, y que se llena de locales. En una de las plazas montan una verbena, en laque todo el mundo baila en corro, de forma animada y, para nosotros, muy graciosa. Allí cenamos y nos echamos unos cuantos bailoteos entre los locales, que nos iban enseñando pasos. Nos lo pasamos muy bien.
lunes, 24 de agosto de 2015
Final de Camboya por todo lo alto
Llegamos a Kratie y decidimos pasar la primera noche en un homestay en la isla que hay en frente de Kratie, en medio del Mekong, llamda Koh Trong. La isla es un reflejo de la vida rural jemer. A pesar de que están acostumbrados a ver a gente occidental, siguen viviendo en sus casas tradicionales, con su humilde ritmo de vida, y no dudan en saludarte y ofrecerte una amplia sonrisa cuando te cruzas con ellos. Dimos un paseo por la isla, su pequeño templo y campos de cultivo, para terminar viendo un bonito atardecer en el río. Por la noche cenamos Amok (plato típico camboyano, hecho a base de pollo y pescado) con en el resto de huéspedes: una pareja francoalemana, dos estudiantes inglesas y una señora alemana de lo más peculiar. Una vez más caímos en el error de que creer que un homestay llevába implícito el convivir con una familia, cenar con ellos y conocer un poco más de su cultura; pero nos encontramos con que sólo consiste en dormir en una casa local, en condiciones similares a las de una guesthouse (y en ocasiones a precios más elevados).
Al día siguiente cruzamos de vuelta a Kratie, y nos tomamos el día de descanso deambulando por sus calles. Además, nos encontramos con un catalán que ya nos habíamos cruzado en su momento, nada más y nada menos que en Hoi An. ¡Qué pequeño es el mundo!
Tras este día, empieza la odisea hacia Siem Reap. Primero cogemos un autobús que nos lleva hasta Skun en 5 horas; allí hacemos una parada de otra hora y cambio de bus, esta vez directo a Siem Reap. La hora prevista de llegada eran las 16:00, sin embargo, entre el retraso y una parada a mitad de camino en la que el conductor se bajó con una llave inglesa (por motivos aún desconocidos), llegamos a las 20:00. En la estación nos esperaba un tuk tuk que nos llevó hasta el hostal, de nuevo con free coffee and tea.
El primer día en Siem Reap hacemos un cambio de planes y decidimos pasar lo que nos queda en Camboya viendo Angkor. Así que alquilamos unas bicis, y allá que vamos a por nuestro ticket de tres días.
Comenzamos el circuito, tras dos horas perdidos por caminos y carreteras, por los templos de Angkor. Decidimos empezar por los más pequeños y alejados, para reservar la majestuosidad de Angkor Thom y Angkor Wat para el final.
La ciudad que hace 800 años llegó a albergar a más de un millón de personas, hoy se ha convertido en una visita obligatoria. Algunos de los templos han llegado en perfecto estado hasta nuestros tiempos, mientras que otros han sido invadidos y dominados por la naturaleza, recordándonos el poder y la fuerza de ésta, y dotando de un aire mágica las ruinas. El atardecer y el amanecer en Angkor son también un hito obligado en esta visita, a pesar del madrugón que conllevan, y de lo masificado que llega a estar. Sin embargo las vistas y los colores con este escenario de fondo lo merecen sin duda. El tercer día decidimos cambiar de dirección y ver los aislados templos de Rouluos, construídos años antes que la ciudad de Angkor, mucho más tranquilos y pequeños que éstos.
Nosotros decidimos hacer el circuito en bici, por la libertad que esto conlleva, y ya que contábamos con tres dias de visita. Sin embargo, para rodos aquellos que no dispongan de tanto tiempo y prefieran verlo en un solo día, es bastante recomendable coger un tuk tuk (como Quim Gutiérrez, con quien nos encontramos en medio de Angkor), ya que el recinto es extremadamente grande.
La ciudad de Siem Reap, como tal, no tiene mucho que ver. Ha crecido por y para el turismo, y cuenta con una calle de pubs (sólo apta para westerns), y un mercado nocturno, donde puedes conseguir camisetas a pesetas y calzoncillos a durillos.
Con este broche de oro cerramos nuestra estancia en Camboya, y ponemos rumbo al País de las Sonrisas, donde terminarán nuestras andanzas por el sureste asiático.
Al día siguiente cruzamos de vuelta a Kratie, y nos tomamos el día de descanso deambulando por sus calles. Además, nos encontramos con un catalán que ya nos habíamos cruzado en su momento, nada más y nada menos que en Hoi An. ¡Qué pequeño es el mundo!
Tras este día, empieza la odisea hacia Siem Reap. Primero cogemos un autobús que nos lleva hasta Skun en 5 horas; allí hacemos una parada de otra hora y cambio de bus, esta vez directo a Siem Reap. La hora prevista de llegada eran las 16:00, sin embargo, entre el retraso y una parada a mitad de camino en la que el conductor se bajó con una llave inglesa (por motivos aún desconocidos), llegamos a las 20:00. En la estación nos esperaba un tuk tuk que nos llevó hasta el hostal, de nuevo con free coffee and tea.
El primer día en Siem Reap hacemos un cambio de planes y decidimos pasar lo que nos queda en Camboya viendo Angkor. Así que alquilamos unas bicis, y allá que vamos a por nuestro ticket de tres días.
Comenzamos el circuito, tras dos horas perdidos por caminos y carreteras, por los templos de Angkor. Decidimos empezar por los más pequeños y alejados, para reservar la majestuosidad de Angkor Thom y Angkor Wat para el final.
La ciudad que hace 800 años llegó a albergar a más de un millón de personas, hoy se ha convertido en una visita obligatoria. Algunos de los templos han llegado en perfecto estado hasta nuestros tiempos, mientras que otros han sido invadidos y dominados por la naturaleza, recordándonos el poder y la fuerza de ésta, y dotando de un aire mágica las ruinas. El atardecer y el amanecer en Angkor son también un hito obligado en esta visita, a pesar del madrugón que conllevan, y de lo masificado que llega a estar. Sin embargo las vistas y los colores con este escenario de fondo lo merecen sin duda. El tercer día decidimos cambiar de dirección y ver los aislados templos de Rouluos, construídos años antes que la ciudad de Angkor, mucho más tranquilos y pequeños que éstos.
Nosotros decidimos hacer el circuito en bici, por la libertad que esto conlleva, y ya que contábamos con tres dias de visita. Sin embargo, para rodos aquellos que no dispongan de tanto tiempo y prefieran verlo en un solo día, es bastante recomendable coger un tuk tuk (como Quim Gutiérrez, con quien nos encontramos en medio de Angkor), ya que el recinto es extremadamente grande.
La ciudad de Siem Reap, como tal, no tiene mucho que ver. Ha crecido por y para el turismo, y cuenta con una calle de pubs (sólo apta para westerns), y un mercado nocturno, donde puedes conseguir camisetas a pesetas y calzoncillos a durillos.
Con este broche de oro cerramos nuestra estancia en Camboya, y ponemos rumbo al País de las Sonrisas, donde terminarán nuestras andanzas por el sureste asiático.
viernes, 21 de agosto de 2015
Conocer la historia de un país también es viajar
Tras hacer una tarde en Kampot, famosa por tener la mejor pimienta del mundo (y un monumento gigante y absurdo al Durian), llegamos a nuestra siguiente etapa del viaje: Phnom Penh, capital de Camboya.
La ciudad tiene un trazado de calles perfectamente cuadriculado y éstas en lugar de nombre propio tienen un número, lo cual nos ayuda bastante a orientarnos y llegar a nuestro hostal, cerca del Palacio Real. Como al llegar a la ciudad todavía es pronto, recorremos los alrededores del Palacio y la Pagoda de Plata, para terminar callejeando hacia el Tuol Sleng (también conocido como S-21). Se trata de un antiguo colegio que durante la época de los jemeres rojos se transformó en una de tantas cárceles clandestinas, donde se encerraba, torturaba y ejecutaba a todo aquel que el régimen considerase oportuno. Actualmente convertido en museo, mantiene las aulas transformadas en celdas, con una colección interminable de fotografías de todo aquel que pasó por allí (antes, y en algunos casos después de ser torturado), así como los testimonios de la escasa decena de personas que logró salir con vida de aquí. Un lugar que hiela la sangre a cualquiera que quiera conocer más de cerca la barbarie que se cometió en este país hace tan solo 40 años.
Según terminamos la visita nos dirijimos al hostal, donde todas las tardes a las 18:00 h ponen la película de "Los gritos del silencio", que enfoca esta época histórica desde el punto de vista de un grupo de periodistas internacionales, así como de uno camboyano que cae preso del régimen.
A la mañana siguiente alquilamos unas bicis y pedaleamos por las alocadas calles de la ciudad unos 15 km hasta llegar a los Killing fields, el campo de ejecución más grande de los jemeres rojos, al cual se trasladaba a los presos del S-21 y de otras cárceles cuando empezó a faltar espacio para ocultar los cadáveres en ellas. Actualmente se trata de una región alejada de la ciudad, tranquila, llena de árboles y sombra al lado de un lago, que invita al paseo y la reflexión. Antaño debió de ser una de las mayores atrocidades que vivió este país. Recorrimos el campo con una audioguía que nos iba dando información bastante completa, hasta terminar en una stupa erigida como monumento funerario a las víctimas de los jeremes rojos, y repleta de cráneos y otros huesos que se encontraron allí; otros siguen aún escondidos bajo las tierras del lago. Con esta visita ponemos fin a nuestro recorrido por la historia reciente de Camboya, y nos ponemos a pedalear de vuelta a la ciudad.
Una vez en Phnom Penh, visitamos distintos mercados, comemos, descansamos de las bicis y por la tarde nos vamos a una clase (¡otra!) de meditación Vispasana, para relajarnos y poner en orden tanta información recibida en tan poco tiempo. Ya por la noche aprovechamos para pasear por la rivera del río y el mercado nocturno, y a la mañana siguiente temprano cogemos un autobús que nos llevará a Kratie, ciudad bañada por el omnipresente Mekong.
La ciudad tiene un trazado de calles perfectamente cuadriculado y éstas en lugar de nombre propio tienen un número, lo cual nos ayuda bastante a orientarnos y llegar a nuestro hostal, cerca del Palacio Real. Como al llegar a la ciudad todavía es pronto, recorremos los alrededores del Palacio y la Pagoda de Plata, para terminar callejeando hacia el Tuol Sleng (también conocido como S-21). Se trata de un antiguo colegio que durante la época de los jemeres rojos se transformó en una de tantas cárceles clandestinas, donde se encerraba, torturaba y ejecutaba a todo aquel que el régimen considerase oportuno. Actualmente convertido en museo, mantiene las aulas transformadas en celdas, con una colección interminable de fotografías de todo aquel que pasó por allí (antes, y en algunos casos después de ser torturado), así como los testimonios de la escasa decena de personas que logró salir con vida de aquí. Un lugar que hiela la sangre a cualquiera que quiera conocer más de cerca la barbarie que se cometió en este país hace tan solo 40 años.
Según terminamos la visita nos dirijimos al hostal, donde todas las tardes a las 18:00 h ponen la película de "Los gritos del silencio", que enfoca esta época histórica desde el punto de vista de un grupo de periodistas internacionales, así como de uno camboyano que cae preso del régimen.
A la mañana siguiente alquilamos unas bicis y pedaleamos por las alocadas calles de la ciudad unos 15 km hasta llegar a los Killing fields, el campo de ejecución más grande de los jemeres rojos, al cual se trasladaba a los presos del S-21 y de otras cárceles cuando empezó a faltar espacio para ocultar los cadáveres en ellas. Actualmente se trata de una región alejada de la ciudad, tranquila, llena de árboles y sombra al lado de un lago, que invita al paseo y la reflexión. Antaño debió de ser una de las mayores atrocidades que vivió este país. Recorrimos el campo con una audioguía que nos iba dando información bastante completa, hasta terminar en una stupa erigida como monumento funerario a las víctimas de los jeremes rojos, y repleta de cráneos y otros huesos que se encontraron allí; otros siguen aún escondidos bajo las tierras del lago. Con esta visita ponemos fin a nuestro recorrido por la historia reciente de Camboya, y nos ponemos a pedalear de vuelta a la ciudad.
Una vez en Phnom Penh, visitamos distintos mercados, comemos, descansamos de las bicis y por la tarde nos vamos a una clase (¡otra!) de meditación Vispasana, para relajarnos y poner en orden tanta información recibida en tan poco tiempo. Ya por la noche aprovechamos para pasear por la rivera del río y el mercado nocturno, y a la mañana siguiente temprano cogemos un autobús que nos llevará a Kratie, ciudad bañada por el omnipresente Mekong.
Vacaciones dentro de vacaciones
Tras un día de locura en el que viajamos durante 19 horas desde HCMC, cruzando la frontera por Bavet sin problemas salvo el aire acondigelado (que no acondicionado) del bus nocturno, con parada en Phnom Penh de dos horas y luego otras cinco horas en una minivan de lujo a Sihanoukville, acabamos sacando el dedo y un hombre nos lleva hasta el hotel donde nos reencontramos con Ana, que ya llevaba viajando una semana por Camboya y que ha decidido pasar sus últimos días de viaje con nosotros.
A la mañana siguiente cogemos el ferry que nos lleva hasta la isla de Koh Rong, descrita por muchos como las islas de Tailandia hace veinte años, antes de que el turismo arrasara con todo. El trayecto en ferry parecía que iba a ser tranquilo, pero lejos de ello, terminamos calados y bastante intoxicados por el humo negro que soltaba el motor y que se mezclaba con la lluvia produciendo gotas negras (RIP camiseta de Elvira). ¡Menudo comienzo de viaje! Sin embargo, nada mas llegar a la isla, a pesar de lo explotada que está la playa principal, su arena blanca y sus aguas cristalinas nos cautivan. Desde allí, un barco-taxi nos lleva hasta Coconut Beach, la playa que iba a ser nuestro paraíso durante tres días.
El último día de nuestra estancia aquí lo pasamos sin Ana, que se nos marchó rumbo a HCMC, haciendo el camino inverso que nos trajo aquí, para volver a España. Ha sido un placer compartir contigo este paraíso. Es curioso como en tres días de viaje, se comparte mucho más que durante todo un curso. Recuerda que en dos semnanas tenemos pendiente una cita de tortitas y batido de oreos.
El desembarco en Coconut Beach también fue divertido. El barco nos deja en mitad del agua y tenemos que saltar con los macutos y el agua hasta los muslos. Nada más llegar nos recibe Robbie, el dueño del conjunto de bungalows, restaurante y tiendas de campaña, que es Coconut Beach Bungalows. Robbie es, sin duda, una de las personas más entrañables que nos llevamos de nuestro viaje. Su amabilidad y hospitalidad junto con la de toda su familia te hace sentir tan a gusto que aumenta lo paradisiaco de la experiencia.
Podríamos definir la playa de Coconut Beach como una playa en peligro de extinción ya que un Resort (todavía, y menos mal, inactivo) amenaza con masificarla. La pequeña Coconut Beach se encuentra entre dos selváticas colinas al noreste de la playa principal. La fusión de la arena blanca, el agua, la selva, las barcas de pescadores ondeando en el horizonte, las tiendas de campaña en primera línea de playa y las hamacas con vistas, hacen de esto un paraíso terrenal, aún a pesar de que estuviésemos en la estación húmeda y nos cayese una media de cuatro chaparrones (de los buenos) al día. Éstos, lejos de amargarnos la estancia, añadieron un toque mágico a esta exaltación de la naturaleza. No obstante, no tan fascinante como el placton bioluminiscente. Al caer la noche, nos sumergimos hasta la cintura en la playa, y con el movimiento cientos de pequeñas luces parpadeaban durante unos segundos. Una imagen que parece sacada de cuento, y que quedará plasmada en nuesras retinas. Si a esto le sumas una decena de farolillos, con forma de corazón, (que Robbie nos había preparado para lanzar, tras pedir un deseo), surcando los cielos: la escena se vuelve insuperable.
Los días los pasamos entre el mar, la arena, algún que otro paseo por la jungla y una visita a la aldea de pescadores al otro lado de la colina. Durante las noches, Robbie se encargaba de crear buen ambiente entre los huéspedes con trucos suyos, juegos de cartas e imitaciones de animales (al gecko lo clavaba). ¡Por cierto!, la comida de lo más delicioso que hemos probado en mucho tiempo (¡¡¡al fin pescado!!!).
Desde aquií damos gracias al grupo de franceses estudiantes de medicina que conocimos en Dalat que nos recomendaron este sitio y hacemos llamamiento (por orden del siempre jovial padre de Robbie) a que hagáis un hueco en vuestro viaje por Camboya para tomar un respiro en este paraíso.
Siempre nos quedará Coconut Beach.
A la mañana siguiente cogemos el ferry que nos lleva hasta la isla de Koh Rong, descrita por muchos como las islas de Tailandia hace veinte años, antes de que el turismo arrasara con todo. El trayecto en ferry parecía que iba a ser tranquilo, pero lejos de ello, terminamos calados y bastante intoxicados por el humo negro que soltaba el motor y que se mezclaba con la lluvia produciendo gotas negras (RIP camiseta de Elvira). ¡Menudo comienzo de viaje! Sin embargo, nada mas llegar a la isla, a pesar de lo explotada que está la playa principal, su arena blanca y sus aguas cristalinas nos cautivan. Desde allí, un barco-taxi nos lleva hasta Coconut Beach, la playa que iba a ser nuestro paraíso durante tres días.
El último día de nuestra estancia aquí lo pasamos sin Ana, que se nos marchó rumbo a HCMC, haciendo el camino inverso que nos trajo aquí, para volver a España. Ha sido un placer compartir contigo este paraíso. Es curioso como en tres días de viaje, se comparte mucho más que durante todo un curso. Recuerda que en dos semnanas tenemos pendiente una cita de tortitas y batido de oreos.
El desembarco en Coconut Beach también fue divertido. El barco nos deja en mitad del agua y tenemos que saltar con los macutos y el agua hasta los muslos. Nada más llegar nos recibe Robbie, el dueño del conjunto de bungalows, restaurante y tiendas de campaña, que es Coconut Beach Bungalows. Robbie es, sin duda, una de las personas más entrañables que nos llevamos de nuestro viaje. Su amabilidad y hospitalidad junto con la de toda su familia te hace sentir tan a gusto que aumenta lo paradisiaco de la experiencia.
Los días los pasamos entre el mar, la arena, algún que otro paseo por la jungla y una visita a la aldea de pescadores al otro lado de la colina. Durante las noches, Robbie se encargaba de crear buen ambiente entre los huéspedes con trucos suyos, juegos de cartas e imitaciones de animales (al gecko lo clavaba). ¡Por cierto!, la comida de lo más delicioso que hemos probado en mucho tiempo (¡¡¡al fin pescado!!!).
Desde aquií damos gracias al grupo de franceses estudiantes de medicina que conocimos en Dalat que nos recomendaron este sitio y hacemos llamamiento (por orden del siempre jovial padre de Robbie) a que hagáis un hueco en vuestro viaje por Camboya para tomar un respiro en este paraíso.
Siempre nos quedará Coconut Beach.
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